Joder!…Afroembarazo!(de como supe que estaba embarazada)

Descubrir que estás en estado de buena esperanza o sea embarazada en mi caso fue raro, porque viniendo de familia de sanitarios (así llamamos mi hermana y yo que no somos del gremio a mis padres y a mi hermana pequeña) no supe identificar los síntomas. Tal cual.

Creo que no caí en la cuenta de que lo estaba porque había abortado dos veces y la segunda fue un tanto traumática. La primera vez fue algo natural, espontáneo. La segunda fue más dura porque me había quedado embarazada y no estábamos en nuestro mejor momento, Rubén había tenido el primer episodio cerebrovascular grave (de tres que ha sufrido y que han terminado dejándolo hemipléjico no para siempre pero así quedó) y fue un susto importante.

Recibir la noticia es de esas cosas que difícilmente se pueden olvidar.

Estaba haciendo unas prácticas en el parque tecnológico y la noche anterior había dormido fatal, mientras estaba sentada en el escritorio empecé a encontrarme peor pero pensé que sería fruto de la mala noche. A medida que transcurría el día iba empeorando, estaba tan mal que pensando que me estaba dando una lipotimia me hinché, literalmente, de Coca-Cola. Mi tutora de prácticas al verme así  y saber lo que me había pasado y que quería tener hijos me dijo: ”¿Has pensado hacerte un test de embarazo?”; y pensé: “Pues igual tiene razón”. Cuando salí de las prácticas y antes de subir a casa pasé por la farmacia y lo compré. Subí a casa, me hice el test y…pum!. Positivo. Embarazada.

Me entró alegría, mucha. Pero también inseguridad porque no tenía,  y ahora tampoco… diría incluso que tengo menos, estabilidad laboral que brindarle al nuevo miembro de la familia. Madre mía! Íbamos a ser tres. Le dí la noticia a Rubén. Se alegró. Y llamé a mi madre que…pues también se alegró.

El embarazo transcurrió con total normalidad. Gracias a que tuve una ginecóloga excepcional y muy muy muy divertida (es tan divertida que roza la locura) que siempre me decía:” Recuerda,  estamos embarazadas no enfermas!”. Casualmente ella también estaba embarazada y ahí estábamos las dos compartiendo experiencia en su caso era la segunda, yo era primeriza que se suele decir.

Mi embarazo fue tan normal que apenas tenía barriga, no me dolía nada y la barriga no me molestó ni siquiera en los últimos meses. Así que pude trabajar hasta el último día, de hecho el día que rompí aguas fue un miércoles 29 de abril a las siete de la mañana que encima tenía mil cosas que hacer. Y las hice. Vaya que si las hice!.

Ese día llamé a mi madre, que como es matrona ya estaba en el hospital porque tenía dos partos más. Mi padre se iba de viaje. Mi hermana pequeña también matrona llegaba al día siguiente. Mi hermana mediana venia en una semana de terminar su postdoc. Así que estábamos mi madre, Rubén y yo. Rubén tenía que resolver unos asuntos en la seguridad social, así que antes de ir al hospital y con permiso de la matrona porque no me dolía nada me fui a dejarlo en hacienda; todo resuelto y empecé llevando a Rubén. Mientras iba echando un poco de agua (por todas partes) porque, claro, había roto bolsa. Pero no tenía contracciones.

Cuando dejé a Rubén me fui a decirle a mi sustituto de clases particulares, porque ese es mi trabajo habitual, que me iba al hospital a parir.  Y finalmente, me fui a Hipercor a comprarme unas cositas que me hacían falta en plan ropa interior y cosas de aseo porque el parto se me adelantó tres semanas y yo no me había ni depilado las ingles que por lo visto es un “must”. A todo esto notaba que se me escapaba entre las piernas un agüilla a una temperatura…vamos a escribir agradable que obvio se debía a que estaba de parto pero yo…me fui de compras con mi bolsa rota. Escogí Hipercor porque estaba cerca del hospital al que iba y claro me venía de paso. Tenía un hambre que daba calambre y pensé: ”termino y me voy a la cafetería del hospital y me hecho algo al estómago que supongo que esto irá para largo”. Nada más lejos de la realidad. Cuando llegué al hospital mi madre ya había hablado con Núria la ginecóloga y ella casualmente estaba en el hall del hospital y me dijo que de cafetería nada que a ingresar. Y pensé: “Joder! Voy a estar  todo el día sin comer, resignación”.

Total que ingreso. Me pongo el enema, que encima me lo puse mal y lo que tiré y nada fue lo mismo. Me reconocen, eso sí que me dolió y eso que era mi madre. Que antes de reconocerme, me miró como cuando era pequeña y me dijo: “déjate de remilgos y no hagas tonterías” típica frase de madre cabreada; por lo menos de la mía, cuando decía eso ya sabía lo que tenía que hacer. Así que me dejé reconocer. No tenía dolor ni contracciones. Claro! ¿Cómo se iba a mover ese bebé si yo me había levantado a las siete de la mañana y no llevaba ni un café en el cuerpo?. Me había comido unos caramelos que llevaba en el bolso por si las moscas y para que no me diera una lipotimia por ahí. Además, que yo tenía pensado almorzar al llegar al hospital antes de ingresar.

Nada, que aquello no se movía y decidieron hacerme una cesárea a las cinco de la tarde, mejor para mí porque no me atraía nada eso de empujar y gritar y cagarme encima; porque….eso pasa, no a todas y no siempre pero… pasar puede pasar. Una vez en el quirófano, la verdad es que fue todo genial porque conocía a todo el mundo y fue incluso divertido. Conocía al anestesista bueno los porque eran dos, conocía a las matronas que eran todas compañeras y amigas de mi madre, a los ginecólogos con Núria a la cabeza, etc. Estaba en familia. Y así fue como después de inyectarme la epidural y estar todo listo, Rubén  mi primer hijo, un bebé blanco como la leche, llegó al mundo. Con una cesárea. Y nada de dar pecho, en mi mente no cabía que se me quedaran las tetas como pimientos de piquillo por muy de moda que estuviera y siga estando y/o por muy natural y cool que sea hoy día.

Una vez en la habitación, y a las nueve de la noche ya me incorporaba y me sentaba en la cama. Las enfermeras flipaban porque decían que lo normal es quedarse ingresada una semana. Y yo pensaba: “Uy sí!, tengo unos alumnos a los que dar clase y una casa que gestionar tanto tiempo aquí no es factible”. De hecho el sábado por la mañana ya me habían dado el alta.

Lo más curioso del nacimiento de Rubén fue que, cada uno que venía y lo veía decía: “ Pero si es blanco!” y mi madre totalmente asertiva respondía: “se oscurecerá con el tiempo”. Cuando llegaron mis hermanas también. Recordaré siempre a mi hermana Amparo que llegó se enamoró de mi cuquicuqui y después dijo: “Montse tu hijo es blanco” y yo riéndome: “aah sí, no me había percatado! Y entonces mi madre volvía a decir: “se oscurecerá con el tiempo”.

Con esta historia quiero concluir diciendo-independientemente del color del que haya terminado siendo mi primogénito un mulato precioso-que el embarazo depende de la persona. Bueno, no solo de la persona, también de la gente que le rodea. Del equipo médico que le asista la naturalidad con que se trate y un sinfín de cosas más.

Que el embarazo no es una enfermedad!, por mucho que algunas mujeres se empeñen en parecer enfermas, que hay que llevarlo con la mayor naturalidad-eso depende un poco del umbral de dolor de cada una- posible. Que las barrigas pueden ser de cualquier tamaño, que me lo digan a mí que en mi segundo embarazo mi barriga era una especie de sandía descontrolada de unos 8 kilos, grande gigantes medianas diminutas pequeñas redondas ovaladas alargadas. Que parece que tu cuerpo no es tuyo porque lo parece, y que cosas que antes devorabas con pasión ahora solo con verlas te mueres del asco- yo tampoco tuve náuseas sueño todo el del mundo pero náuseas no- que en algún monto pensarás que me quiten esto ya, que igual tienes ciática y te toca estar en cama todo el embarazo o la típica hernia umbilical sin embargo, que a veces el embarazo no es tan bonito ni bucólico ni idílico como algunas lo pintan – yo tuve mucha suerte con el primero- que a veces es molesto y te duelen músculos y/o partes del cuerpo que no sabíamos que teníamos y peor aún se pueden mover o desplazar de su localización inicial,  que hay que cuidarse sin exageraciones ni extravagancias y teniendo en cuenta siempre las indicaciones de tu equipo médico y creedme sé de qué estoy hablando cuando escribo estas cosas….Ahora cuando nace, te lo dan la primera vez, cuando te aplican el protocolo piel con piel… en ese momento se te olvida todo y…Ya. Ya está. Todo lo anterior solemos recordarlo entre risas. Y algunas olvidamos por completo todo lo anterior porque inexplicablemente, sí…Repetimos.

Ahora solo queda prepararse para la parte… Ya estamos en casa, madre primeriza, vaya lío. Resumiendo: OMG!

Ah, por cierto! Si vas a ser de las que pierden la memoria una vez has dado a luz y tienes pensado tener un segundo, mi consejo es tenerlo; pronto es decir, mientras se está inmersa en la vorágine en la que se convierte el mundo bebé; la verdad es que es todo un mundo y hay una temática alrededor alucinante.  Lo estoy descubriendo ahora.

Yo lo hice, tuve el segundo con un bebé de apenas dos años pululando por ahí – el mulatito del que hablaba antes que finalmente se oscureció sí sí – y no me arrepiento pero…eso sí, eso es otro nivel. Inimitable!. Y…Que sepáis que ningún embarazo es igual que el anterior, yo me las prometía felices porque el primero fue indoloro pero…fue otra historia.

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